Recuerdan este sábado la masacre del Mozote en Morazán

nunca se les hizo justicia a las victimas del mozote.. solo dejaron una estatua
Por: elsoldemorazan el 10 diciembre, 2016

Distintos actos se tienen  programados para este sábado al conmemorarse 35 años de  la masacre del Mozote evento al que asistirán personalidades como la Procuradora para la Defensa de los Derechos Humanos Raquel Caballero de Guevara.

También en este lugar se encuentran desde el pasado 14 de noviembre un equipo de antropológos argentinos que desde ese día han trabajado en 17 sitios habiendo encontrado hasta el momento entre 40 a 45 osamentas que parecieran pertenecer a niños que fueron salvajemente asesinados por soldados del desaparecido Batallón Atlacatl.

Según los testimonios de la ya fallecida Rufina Amaya sobreviviente de esa matanza el 11 de diciembre de 1981, a eso de las seis de la tarde, en el cantón El Mozote, Morazán, irrumpió en el silencio un grupo de soldados liderados por el coronel Domingo Monterrosa. Primero mataron a todos los hombres, luego violaron y mataron a las mujeres, y por último encerraron a todos los niños en la iglesia y los ametrallaron.

“Escuché que los soldados comentaban que eran del batallón Atlacatl. Yo conocía a algunos de ellos porque eran del lugar. Uno era hijo de Don Benjamín, que era evangélico. A Don Benjamín también lo mataron”, fueron las palabras de la única sobreviviente de la masacre donde murieron no menos de 900 campesinos, Rufina Amaya*.

Amaya logró sobrevivir gracias a que se armó de valor y, en un segundo de descuido de los soldados, se aventó detrás de un árbol de manzano y se cubrió con una rama. Pasó ahí largas horas con los soldados a sus pies, mientras escuchaba cómo mataban a las mujeres, sus vecinas, sus amigas, y también a sus hijos.

“Dios mío, me he librado de aquí y si me tiro a morir no habrá quién cuente esta historia. No queda nadie más que yo”, se dijo Rufina a sí misma mientras se retorcía entre la decisión de volver a rescatar a sus hijos que le gritaban “mamá, nos están metiendo un cuchillo”,.

La Fuerza Armada  había adoptado la filosofía de que “la guerrilla, apoyada por el pueblo, se desenvuelve como el pez dentro del agua”. Bajo ese precepto justificaron grandes matanzas de civiles con la táctica militar de tierra arrasada que consiste en destruir todo lo que –respire o no respire– pueda ser de utilidad al ejército guerrillero.

Para Rufina, la masacre que dejó a miles de familias destruidas, fue un error. “Nosotros vivíamos de la agricultura, de trabajar; habíamos estado moliendo los cañales, haciendo dulces”, dice Amaya. “No creíamos que podía llegar una masacre a ese lugar, porque allí no había guerrilla. Quienes habían estado eran los soldados. Apenas hacía un mes que habían salido”.

35 años pasaron ya  y algunos familiares que viven aún son ancianos entre ochenta y noventa años recuerdan esa noche ventosa entre los pinos y un fresco ambiente entre la quietud, el silencio  y el  aullar de los perros, el batallón diabólico Atlacatl se fue abriendo espacio en medio de la vegetación para perpetrar esta barbarie.

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